Cuando lo vio entrar en el despacho, supo que tendría que echar mano de toda su formación y experiencia para, al menos, conseguir un clima de tranquilidad y entendimiento. El primer arma a su alcance fue dibujar una sonrisa sincera y nada exagerada.

-Buenos días, ¿en qué puedo ayudarle?

-Esto es indignante, han cometido un error, son ustedes increíbles. ¿Sabe la cantidad de cosas que he tenido que dejar de hacer para venir aquí?…

El funcionario le dejó explayarse, escuchaba, asentía con algún que otro «ajá,sí,ya» o repitiendo alguna de sus frases, para que supiera que estaba prestando atención a todo cuanto decía. Pasado un rato, notó que la persona que tenía delante se iba calmando, aunque, desde el principio de la conversación, tenía claro que lo siguiente sería inevitable.

-¡Exijo el libro de reclamaciones!

-Lo siento, señor, pero en este departamento, por su carácter especial, las leyes no contemplan la posibilidad de reclamar.

Tuvo que aguantar otra ronda de gritos, maldiciones e improperios, hasta que, poco a poco, con gran paciencia y exquisita atención por su parte, el administrado logró serenararse. Momento que él aprovechó para explicarle todos los pormenores con gran claridad y eficacia. Así, gracias a su profesionalidad y alta cualificación, consiguió convencer a aquel hombre dejando en él, incluso, un poso de agradecimiento.

El señor salió del despacho resignado y conforme con los cambios aplicados a su situación y se despidió cortésmente.

El funcionario se sintió satisfecho de la labor realizada y se dijo a sí mismo: «¡Ay San Pedro!, no veas cómo te ganas el jornal. Bien merecido te tienes el puesto que ocupas en el cielo».

-El siguiente, por favor.

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