No podía imaginar que me iba a tocar vivir una situación excepcional como la que está ocurriendo estos días. Este año dos mil veinte, que pintaba ser un año maravillosamente redondo por esas cifras pares repetidas y esos ceros colocados con tanta armonía, ha resultado ser el escenario de un acontecimiento que todos hubiéramos catalogado como de ciencia ficción si nos lo presentan apenas unos días antes de su comienzo.
Nos considerábamos muy afortunados por ser una generación que no había vivido ninguna guerra de forma presencial en nuestro espacio físico. Bien es cierto que guerras no ha dejado de haber en el mundo durante todo el tiempo de mi breve existencia; pero, claro, son guerras a una distancia suficiente como para que no las vivamos como propias, para que no nos afecte el pánico o la ansiedad, el miedo a perderlo todo, incluso la vida.
Nos inquietó bastante la gran crisis del dos mil siete, de la que todavía no habíamos acabado de recuperarnos. Bueno, al menos esa es una sensación muy extendida entre la gente de a pié, ya que los desniveles sociales no sólo no han vuelto a su estado anterior a ese año sino que no han dejado de aumentar. En particular la precariedad de los contratos laborales y por tanto la inseguridad en el trabajo es la norma. Las estadísticas de pobreza no cesan de crecer y, lo que es peor, también entre la población empleada. Trabajar para no llegar a final de mes y necesitar ayuda social para alimentar a los propios hijos parecía algo característico de otros países, considerados por nosotros “en vías de desarrollo”; pero no al corazón de Europa, de la Europa Unida a la que creemos con orgullo pertenecer.
Ya casi nos estábamos amoldando a esta nueva situación, con menos servicios sociales, menos derechos laborales, menos derechos en general y un plus de pobreza añadida, cuando de repente - ¡Plaff! - estalla en nuestras narices sin previo aviso la gran crisis sanitaria del siglo veintiuno, la crisis del coronavirus COVID-19. Nos ha estallado, sí, como les estallaron a nuestros abuelos las guerras que tuvieron que sufrir; sin comerlo ni beberlo, sin pensarlo, sin previo aviso, sin ninguna previsión científica, o al sin ninguna comunicación a la población general. Quiero pensar que nadie podía presagiarlo.
Al principio pensábamos que iba a quedar restringida a China y, aún dentro de China, sólo a ciertas regiones. “Claro, estos chinos que comen todo lo que se arrastra por la tierra o vuela por el aire, si hasta comen serpientes”. “Parece que los coronavirus son muy comunes en los murciélagos que están infectados en su mayoría… y es que los chinos se los comen”. “Si parece que tienen plagas de este mamífero volador debajo de sus tejados”. 
Todo parece haber empezado en un mercado de Wuhan, en el que vendían todo tipo de animales salvajes vivos para consumo humano. Los primeros casos tenían en común haber asistido en los últimos días a dicho mercado. Se especuló que la serpiente comió al murciélago, las personas comieron serpiente, así el virus hizo un salto de especie a especie dos veces, aumentando su virulencia y capacidad de transmisión en humanos. Después se cambió la serpiente por otro animal salvaje, desconocido para mí hasta ahora, el pangolín (o Pholidota).
Veo casi todos los días el telediario y atiendo a las noticias que me llegan por redes sociales y diarios digitales. Creo recordar que hice consciente por primera vez cierta alarma respecto a esta epidemia cuando ya había más de diez mil infectados en Wuhan. La primera imagen que me impactó fue el vídeo de cientos de grúas trabajando en la construcción a toda velocidad de un gran hospital en la zona. Prometían terminarlo en diez días… y lo terminaron.
Creo que leí esta noticia el veintisiete de Enero y hoy es diecisiete de Marzo. No han pasado ni dos meses. El Covid-19 (Corona Virus "Disease" del 2019) empezó en Diciembre (¿O fue en Noviembre?). El treinta y uno de Enero se confirma el primer caso en España (en La Gomera); pero sin ninguna señal de alarma sanitaria, social ni política. Nada, tan tranquilos. El paciente venía de Alemania; es decir que el virus ya estaba en Europa.
También a finales de Enero se detectaron los dos primeros casos en el norte de Italia, dos turistas chinos procedentes de la zona de Wuhan. Pronto hubo una explosión de casos en Milán y Codogno (Lombardía) que, a pesar de las medidas adoptadas por el gobierno italiano se extendieron no sólo a toda Italia sino a otros países, en Especial a España con semejantes resultados. A fecha de hoy hay más de veintiocho mil casos en Italia y más de once mil en España.
El día once de marzo la OMS declaró la Pandemia mundial.
 

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