En la residencia hay una mujer que escribe. A todas horas. Nadie entiende lo que pone. No parecen ser letras las señales que deja en el papel, pero puede hacerlo durante muchas horas sin parar, absorta en su tarea. A veces parece enfurecida y otras pletórica de serenidad. Es mi madre desde hace 56 años. Ella tiene 90.

El geriatra dice que es un síntoma de su severa demencia senil. Un modo particular de agitación. Claro; es médico. Las cuidadoras se quejan de su obstinación y rebeldía para las cosas “normales”. Que ciegas están las personas tras el prisma de su profesión.

Algunas noches, mi madre se acuesta con una sonrisa y duerme con la satisfacción de quien ha vivido un buen día. Sus sueños son entonces serenos y profundos. Al día siguiente se concede una mañana de descanso. Entonces me reconoce por mi nombre y hablamos de la fecha del calendario y los sucesos de los días presentes. Concluye siempre diciéndome que no tiene memoria. Que su vida son “instantes”. Siempre le replico que todas las vidas son eso, pero ella me dice que sus instantes, están desordenados. Creo que es cuando muchos de esos instantes le aparecen juntos, la intensidad de su vida la arrastra a escribir o a embadurnar sus cuadernos, con una pulcritud que cada vez está mas ausente, algo que la atormenta.

Hay quienes dicen que “ya no es ella”. ¡Que ciegos!. Sé que si tuvieran una madre artista, nunca podrían pensar eso.

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