Cuando era pequeña mi amiga Sofía me desveló que el viento lo creaban los árboles al moverse. Aún hoy, todos los días miro a los que hay detrás de mi ventanal para descubrir qué tiempo hace. Esta mañana no se movían; no había viento.

Los años han ido llenado mi vida de evidencias. La mayoría de ellas se instalaron en el colegio, desde la inquebrantable credibilidad de los conocimientos que mis maestras exponían y mis ansias de saber capturaban. Las sin duda numerosísimas distorsiones las achaco a la ingenuidad. Pero las certezas en las que se basa mi vida, igual que las corazonadas que brujulan mis decisiones, se fueron instalando con las de mis amigas. Mi credulidad siempre ha ido pareja a mis afectos.

Hay que fiarse para creer y… ¿de quienes nos fiamos?.

Necesitamos desgranar la vida con aquellos que sufren y ríen por las mismas cosas en los mismos momentos. Sus descubrimientos, las pistas para hacerlos propios. Los propios, el prestigio en el que se basa su respeto.

La amistad siempre se merece ¡el mejor de los brindis!.

Como el viento y los árboles, no sé si son mis amigos porque los quiero, o los quiero porque son mis amigos. Además, por qué tendría que saberlo.

Por mi profesión (soy asesora) , intento convertirme en amiga de las personas que me consultan. – ¿Cómo si no podría hacer bien mi trabajo?-. Son procesos cortos en el tiempo, pero intensos en su vida. Sus esfuerzos de años concretados en ahorros, o las ilusiones por las que hipotecan su futuro, son asuntos serios. Intento involucrarme en ellos. Sentir sus miedos y anhelos; calmar las dudas. Elegir por ellos y garantizar unos resultados ciertos. A veces me siento una prestidigitadora, pero hasta ahora he tenido suerte. Mis días se han llenado de amistades que terminan con el cobro de mi factura.

El viento corre a veces entre los árboles, sin moverlos, pero Sofía sigue siendo mi amiga y eso es suficiente para esforzarme y disfrutar de mi trabajo.





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