Me gusta la cebolla. Me gusta en todas sus variedades y preparaciones. Como en otras numerosas ocasiones en las que ando perdida en mí, me descubro saboreando una tierna cebolleta y ante las trampas que me tiende mi falta de memoria, sólo puedo ser contundente en esta aseveración que me define: siempre me han chiflado y siguen chiflándome las cebollas. No es una trivialidad esto, no; es una constatación que me alienta en mi definición de ser.

Intentando controlar lo incontrolable a base de disciplinado esfuerzo y orden, también he sucumbido a revisar y colocar hasta el último cajón, caja y rincón de las estanterías de mi casa. Así han aparecido algunas de la fotografías, olvidadas, que me atormentan.
– ¿Esa soy yo?… ¿Que hacía y sentía ahí?… – He recurrido a la memoria ajena para que me contextualicen las imágenes, pero cada aportación me ha provocado aún más vértigo. – ¿Cómo iba yo a pretender eso?. ¿Fui capaz de travestirme y adoptar ese estar, esa pose y gesto?. ¿Qué perseguía?…

La evidencia testimonial de esos retratos me impide negar su realidad, pero no me reconozco y las lagunas que descubro sobre mi vida no me ayudan a ahuyentar el desasosiego de no saber qué queda de mí, si es que tal cosa existe, con el trascurso del tiempo.

Sin duda habréis contemplado el cielo de una noche despejada de agosto, absortas y atrapadas en el peso de una inmensidad que nos recuerda nuestra insignificancia cósmica, alentadas a la vez por la sensación de existir en este infinito eterno. – ¿Sabéis de lo que hablo?- … ¿A dónde vamos?, ¿de dónde venimos?… ¿Qué se esconde tras esa persona tan dispar de las fotos y que tan ajena me parece?.

Me vienen cientos de afirmaciones de cosas que “nunca” he hecho y que por tanto me atrevo a decir que no soy paracaidista, ni asesina, ni pianista; pero de poco me sirven si alguna vez mato a alguien o aprendo a tocar el piano. Más de una vez he sentido la tentación de comprarme un paquete de experiencias de riesgo que incluyen el salto desde una avioneta. También puedo afirmar con convicción que no me gusta el sonido de las gaitas y dolçainas, los perros de pelo corto o las mujeres rubias; pero una vez mi novia se tintó de amarillo el pelo y me resultó adorable (como casi con todo lo que hacía o decidía dejar de hacer). De ella podría decir tantas cosas… Es curioso lo fácil que me resulta hablar sobre quién fué. Quizá la contundencia de la muerte convierte lo vivido en hechos rotundos.

Llegada hasta aquí, de las pocas cosas que me atrevo a decir de mí, es que me gustan las cebollas, realidad que se ha impuesto por su reiteración y permanencia a través de los años – ¿no es esto lo que define las verdades?-. Sin embargo, poco apropiado me parece actualizar mi curriculum en mi búsqueda de un nuevo empleo afirmando que me chifla la cebolla so pena de que me decante por la restauración vegetariana. Peor suerte aún me reportará atreverme a proclamar esta certeza definitoria en el sitio de citas al que estoy pensando apuntarme. La pestilencia que generaré al informar sobre mi particular pasión y mi adicción al tabaco, mellará la valentía de mis potenciales amantes, situándome en una franja poco atractiva para las prácticas y artes amatorias.

Creo que voy a dejar de limpiar y permitirme que esta reclusión que el covid-19 nos ha traído me paralice en las incertidumbres ante lo venidero. Vivir sin respuestas es el ejercicio normal que soportamos alegremente desde el mismo momento en que tenemos algo de conciencia. No hay mérito alguno en esto, bien acompañados estamos en esta tarea. El peligro está en formular las preguntas.

Pese a que me hagan llorar a veces, benditas cebollas; que no me falten… encuentre o no trabajo y amante.

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