La ventana de las emociones libres

Hoy es una hora cualquiera de un día cualquiera de una existencia cualquiera. Miro por la ventana, una ventana como otra cualquiera. Todo es igual pero nada es lo mismo. Está el hueco central. ocupado por patios y naves, con un huequecillo donde asoma tímidamente un pequeño jardín en el que antaño resonaba el ruido sordo de las fichas de hierro tratando de entrar en la boca de la rana. Hoy la rana está en silencio. No croa.

Están los edificios que abrazan el vacío por donde se escapa el aire ascendiendo al cielo. Están los tejados, ¡ay esos tejados tan iguales y tan diferentes, tan altivos y tan humildes! Están las gárgolas aladas, vigilantes silenciosos del tiempo perdido. Y estoy yo, ensimismado, descubriendo lo que ocultaba la rutina cotidiana tras los visillos.

Y veo y descubro. La mirada se vuelve ágil, captando los instantes percibidos en segundos que mi cerebro, laborioso como es, trabajando en silencio, almacenará en una memoria a ratos perdida y a ratos encontrada. Y miro y ya nada es igual. Un vuelo, un sonido, un arrullo, un golpe seco… una canción. La luz entre las grietas grises, el algodón creciendo hasta las estrellas, la claridad acentuando las sombras, el recuerdo que se torna vívido y tenue. Los colores ganando intensidad hasta llegar a una explosión lujuriosa para desvanecerse y mezclarse en tonos pastel hasta desaparecer.

Y ya no estoy prisionero de mí mismo, vagando entre estas cuatro paredes. Y los muros se vuelven transparentes. Y mi ser vuela, libre, con el aleteo pausado de las palomas, desde una ventana cualquiera.

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