Hoy no puedo evitar sucumbir al desgarro del dolor. Esta maldita pandemia se empeña en mostrarnos tantas «atrocidades»… Las íntimas, con el vacío que las ausencias de las personas amigas y queridas nos han credo con su falta de atención, con su desafecto. La frialdad de los whasapt de quienes esperábamos cercanía y comprensión y solo hemos podido compartir educadas fórmulas de convención social. Luego están las anheladas llamadas y mensajes que no han llegado, esos que tan profundamente nos han golpeado con su inexistencia. – Sé de lo que hablo -. En tiempo de pérdidas las decepciones campan libremente. Menos mal que existieron los cuidados de quienes efectivamente nos aman; Además, los regalos de vida que nos sorprenden con un aprecio ofrecido por quién no esperábamos.

– Hoy no puedo centrarme en las cosas buenas que las situaciones límites evidencian-. El virus ha causado tantas muertes, de tantos tipos… La soledad espanta, como la muerte, ¡evitémosla elegantemente!. ¡Ignoremos su presencia y su acecho!. Esto es comprensible. Cada cuál que que aguante su vela. Las realidades que desasosiegan son realidades a ignorar. No dan cabida al reproche. Despidámonos elegantemente de quien sentíamos personas amigas.

Y las otras atrocidades, las que ineludiblemente se han hecho presentes rompiéndonos el corazón. Las muertes en soledad; el aislamiento de nuestros seres queridos; Las incertidumbres ante el desalentador futuro económico, laboral, personal. Comprobar en la vulnerabilidad de los otros, la propia. La fragilidad de «todo», de nuestro proyecto vital. Estar a merced de lo que no se puede controlar… Asumible pese a todo. Es un mal de muchos y aunque de tontos, es consuelo. ¡Que menesterosas somos las personas!.



Sorteando sufrimientos no puedo eludir, no se cómo podría hacerlo, las imágenes de las ¿granjas de bebés? de Ucrania. Más de cien niños y niñas a 25 euros al día (en un alarde de generosidad de la empresa que se ha encargado de crearlos al bajar los costes de su mantenimiento a la mitad, aún no cubriendo gastos) esperando tener unos padres o llegar a conocer a los que ya tienen asignados.


Durante los dos primeros meses de vida, la mirada estrábica de los y las recién nacidos y nacidas se focaliza en los 23 centímetros, la distancia precisa para apreciar la cara de quien les recibe y debe nutrir del alimento y amor que precisan para comenzar y seguir. Preparados y preparadas para reconocer las formas redondeadas de los ojos, la boca, la cara, el seno materno… ¿Qué están viendo estas criaturas?. ¿Qué vínculos están haciendo?. ¿De dónde van a sacar la seguridad para transitar por sus vidas?.


Quizá haya tenido que venir una pandemia para poder «cosificar» la locura humana. Nos hace saber de los sin duda bien intencionados futuros padres que en su irracional pero natural afán por perpetuar sus genes, compensan lo que la naturaleza les priva con los avances de la ciencia y el dinero suficiente por el que las hasta las entrañas ajenas se alquilan.

-¿Cuánto vale una vida?.- Lo tengo; lo pago; mi dinero lo legitima.

Todo es legal en algún sitio. Todo acto el lícito si dispones del dinero suficiente para demostrarlo.

¿Quién se preguntará por quién es su padre o su madre biológica, por cuántos hermanos y hermanas genéticos puede tener y quiénes y cómo son?, -¿A quién le importa?-. Ya tiene una familia perfecta que lo o la proyecta, lo o la crea y lo o la ama. Nadie piense que alguna vez necesite saber. No hay código civil para quienes nacen de forma «no natural».

– ¿Hasta donde llegamos las personas cuando tenemos esa barita mágica del dinero que todo lo puede?.- Justificar lo imposible está a tu alcance. Tu propia conciencia, al deshacerte de una suma muy considerable, aún para ti; a mayor esfuerzo mayor perdón. En cualquier legislación, todo es apelable, recurrible si tienes el caudal suficiente. Acabarás teniendo razón, siempre hay alguna. Somos humanos.

-¿Hasta donde llegamos las personas cuando necesitamos o simplemente anhelamos tener más dinero?. – ¿Mis óvulos?, ¿mi semen?, ¿todo mi cuerpo y nueve meses de mi vida?. Soy un mero medio de algo que ya existe. No soy responsable de nada. Presto «un servicio»; nadie pagaría por algo que no es útil.

-¿Hacía donde estamos mirando?. ¿Hacia donde miran estos niños y niñas, ahora en almacenes, mientras se consume un tiempo esencial para un buen desarrollo como seres humanos?.-

El confinamiento no crea estas realidades,- ya-, solo las expone. Giremos la vista. La «normalidad» está cerca. Las bolsas se recuperan.


Como con los hermosos arco-iris de los agujeros de nube, podemos perdernos en la belleza de sus colores perfectos, igual que en los cuerpecitos con almas de estos bebes que los diarios sitúan en el limbo. Podemos prepararnos para las terribles nevadas que ese fenómeno presagia (cuántos meses de confinamiento nos esperan), o cruzar los dedos para que todo se evapore antes de llegar a la tierra.



-¡Que el confinamiento acabe y estas imágenes se borren de nuestras retinas y mente!. – ¿Los vientres de alquiler?, ¿las pandemias?… como los cristales de hielo, todo se diluye, a veces, ante nuestras pasivas pero impresionadas miradas.

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