Nadie me lo ha dicho, pero sé que es mujer, como yo. ¿Que cómo lo he averiguado? Porque ambas sentimos lo mismo, y al mismo tiempo; porque compartimos tubos, jugos y, también, yugos. ¿Y cómo será? ¿Se parecerá a mí? ¿De qué color tendrá los ojos? ¿Sabrá, como ahora, lo que siento? ¿Se acordará de que fuimos una?
Quiero acabar esto ya. No es que me aburra, todo está lleno de sonidos, pero me gustaría cambiar, hacer un viaje, entre otras cosas para conocer eso que llaman mar.
Desde hace unos días, todo está cambiando; todo me está cambiando y ya no hay placer. Sufro. He ensayado respiraciones y posiciones, he cambiado mi casa de arriba abajo, he dormido menos, he comido más, he gritado y pateado. Nada parece funcionar, y todo es duda, todo es miedo, todo es esperanza. Creo que, por fin, la veré.
De repente, chute de oxitocina y comienza el dolor; oigo gritos. Parece que alucino y las paredes se estrechan y me empujan. Todo está fuera de mi control. No puedo respirar, intento decir algo, que sepan que estoy viva, pero no lo consigo. Aparece una luz fría ¿Es la luz de la muerte, esa que se ve al final del túnel? En el último instante, desisto; y justo, cuando todo se vuelve negro y acepto que ya no la conoceré, un dolor nuevo, repentino, me parte el espinazo; y grito, berreo, desaforadamente y sin pudor. Finalmente, alguien, seguramente Dios, me envuelve en un paño y me deposita en los brazos de mi madre. Busco su teta y un dulzor amniótico me invade, y me calma…

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