Victoria Martinez Martinez
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La primera vez que acudí como periodista gastronómica a un restaurante de los de cocina de autor, carísimo, elegantisimo ,intocable… fue para cubrir el puesto del director de mi revista que por vagancia y tedio no quiso asistir al evento . El taxi me dejó en la entrada , y en el hall del restaurante se arremolinaban todos los críticos de los diferentes medios de restauracion de Madrid con sus respectivas copas de cava en la mano conversando animadamente ; uno de ellos al verme llegar se acercó a mi y tomándome de los hombros hizo la pertinente presentacion : yo ese día ( después de haberle dado cien mil vueltas a mi armario) me decanté por una falda de pequeñas plumas azul celeste y un suéter negro , una voz masculina salió de entre todas » vaya en vez de venir el tedioso de ……….. nos han enviado un cisne !!!!! » me ruborizè , todos asintieron.
Pasamos al comedor , dios espectacular, todo puesto con una exquisitez que rayaba la perfección, esos manteles de hilo rosados que descansaban en unos sillones mullidos de terciopelo azul oscuro , los bajo platos : conchas marinas de nácar y esa cristalería que de tan fina parecía que iba a estallar solo con nuestra respiración. Y yo , sobrecogida, asustada , era evidente que aquello me venía grande pero realmente estaba disfrutando. Y comenzó la representación, empezaron a servir los platos del menú degustación ( que por suerte para mi apenas tenían carne ) los camareros de negro con delantales de igual color y a través de la abierta cocina se vislumbraba los uniformes blancos, impolutos de los chefs , armoniosos dando los últimos toques a sus creaciones. En la mesa todos parloteaban agitadamente y comían sin parar, todos obesos y colorados , o por lo menos a mi me lo parecieron , de vez en cuando se dirigían a mi y yo sin escuchar nada de lo que me decian`, asentía y sonreia , mi atención estaba toda en esa explosión de sabores nuevos , impactantes, sutiles que cada plato me traía al paladar era como pasar de Mozzar a Wagner , de Vivaldi a Shostakovich , una tras otra las emociones gustativas me embriagabam , el sonido del vino al caer en las copas, su aroma a tierra mojada y dulce … y por fin el postre , un maravilloso arbolito de chocolate donde colgaban fresas, frambuesas, flores , sobre una cama de piñones y pistachos caramelizados, con sus hojas ,filigranas de menta doradas , imposible comerlo , como destrozar esa obra de arte …
Ya se pueden imaginar cuál fue mi crítica , mi ópera prima , no pudo ser mejor.

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